A partir de un artículo de David Wong. Imaginemos al huérfano que vive con sus tíos contemplar atónito sus cadáveres humeantes. Imaginemos su sufrimiento. Su único apoyo ante esas circunstancias es asesinado ante sus ojos poco después. El homicidio, en realidad, tiene más de autosacrificio que de crímen en sí mismo: se ve involucrado en una vieja disputa y se niega a defenderse a pesar de que todos los indicios apuntaban a que el otro sujeto estaba dispuesto a todo. El ser humano tiene límites de tolerancia al sufrimiento, más allá del cual se abre el infinito horizonte de la locura. Nuestro héroe no lo soporta más. Su trastorno se manifiesta de forma sutil, apenas discernible para quienes todavía le rodean. Escucha voces. Una voz en concreto, que le da indicaciones de qué hacer, qué destruir. Una voz que le da ánimos y confianza en los momentos más extremos, calor en los más fríos, consuelo en los más difíciles. Por carambolas del destino, ese muchacho doliente...