Una valoración sin spoilers.
Para nosotros ese nombre no es una película, sino la
infancia misma. Todos los que han jugado alguna vez con sables láser de madera o
soñado con ser Luke Skywalker en la más secreta intimidad de sus sueños sabe
que Star Wars era un lugar, en aquel tiempo en que la realidad se fundía con la
fantasía como ya nunca volverá a ocurrir. De modo que el episodio VII se
enfrentaba a un dificilísimo reto. Había en el estreno gente disfrazada de
criaturas que muchos reconocen, pero que para otros son solo bichos raros y
excentricidades. Nosotros no nos disfrazamos. No lo hicimos porque esos
personajes los llevamos dentro, porque el sarcasmo de Han Solo o la mirada
inocente del jedi son nuestras bromas y nuestras miradas. No completamente,
pero sí una parte de ellas. La parte de nuestra infancia, donde queda lo más
indeleble de nuestro ser.
Disney sabe mucho de eso, para qué engañarse. Y la Iglesia
también, por cierto. Saben que cuando se alcanza el alma de los niños, están
atrapados en la telaraña para siempre. Tal vez George Lucas no llegó a entender
eso demasiado bien. Por eso la decepción que fue para muchos la segunda
trilogía constituye la misma ruptura que para el creyente perder la fe. Esa
sensación de haber sido engañado, defraudado o, quizá más precisamente,
desilusionado. Tanto como la primera vez que descubres que no existen esos
seres legendarios en los que depositaste tus esperanzas entonces y que ahora
son solo figuras de cera que se funden en el fuego de la madurez. Lucas
buscaba, hay que reconocerlo, recuperar a una nueva generación de niños que se
uniesen al universo de la Galaxia. Y, en contra de la decepción de los adultos,
consiguió su objetivo, por mucho que pueda frustrar a los antiguos fieles. Hay
que matar lo viejo para dar paso a lo nuevo, pensaría, tal vez.
Espero que se disculpe esta digresión previa al asunto, que
mucho tiene que ver con lo que nos ocupa. Porque el quid del asunto estribaba
para J.J. Abrams en continuar la historia y afrontar la misma situación que
Lucas, pero sin ser él. Ahora era el más aventajado padowan, el que debía
demostrar que se había convertido en maestro. Sin caer en el lado tenebroso.
J.J. Ambras es hijo de la hipertextualidad, de la subtextualidad y de la
trastextualidad. De la posmodernidad, altermodernidad e hipermodernidad. Sus
narraciones pretenden recuperar el pasado desde los parámetros
deconstructivistas. Parecerá algo complejo, pero ya se vio con Super 8 y con
Star Trek. Se recupera lo antiguo pero desde lo nuevo, de modo que se obtiene
una extraña combinación con mayor o menor fortuna según los casos, con rasgos
reconocibles pero renovados de algún modo. Eso es Star Wars VII.
Abrams no podía defraudarse a sí mismo, como sí pudo hacerlo
George Lucas, porque el padre de la criatura puede llevar a cabo cualquier acto
abominable hacia ella, pero el hijo está obligado a cuidarla por bien de su
propia historia, de su propia integridad. Creo que ese aspecto lo ha cuidado
muchísimo, con la ayuda de Disney, por supuesto que, sabedora del éxito rotundo
que se avecinaba, solo le impuso un calendario apretado para llevar a cabo la
gesta, pero a cambio le dio todos los medios a su disposición. J. J. ha
recogido la nostalgia de muchos y la ha elevado a otra escala. Si la primera
película fue Una nueva esperanza,
Abrams ha sido capaz de generar precisamente ese sentimiento entre aquellos que
perdieron su fe en la anterior trilogía.
Ha sabido aprovechar los defectos de las anteriores, porque
él podía verlos, a diferencia de Lucas, como unos Abraham e Isaac bíblicos. Ha recuperado
el sabor de Star Wars, esa trascendencia que tuvo, a buen seguro, para él, al
igual que para muchos de nosotros. Al igual que para mí. Pero él, a diferencia
de mí, ha sido el elegido para continuar el legado, y eso lo eleva a un
pedestal de responsabilidad que ha sabido solventar con esa mirada calculadora,
alegre pero en el fondo opaca, que lanza Abrams al mundo. Estoy donde vosotros querríais estar, piensa. Lo sé. Y sé que sabéis
que lo sé.
De modo que ha recuperado los elementos y los ha agitado con
la varita de Mickey. El resultado es, de nuevo, mágico. Devuelve a los antiguos
creyentes a la Galaxia, nos hace gozar con la teatral, magnífica y colosal
aparición del Falcom Millenium, de ese cacharro que nadie valora, pero todos
sabemos su mitológica naturaleza. Ese nuevo Argos que nos lleva a la velocidad
de la luz hasta los confines del mundo.
Pero, como hemos dicho, Abrams es fruto de otra época. No es
casualidad que sean una mujer y un negro –afroamericano o de color, para los
que tengan más remilgos lingüísticos– los protagonistas absolutos. Son los nuevos
tiempos, y las minorías históricamente reprimidas o esclavizadas alcanzan el
último peldaño de la jerarquía, alcanzan su dominio absoluto. Ellos son las
novedades principales de la historia. Lo demás es todo una reconstrucción de
las anteriores trilogías. No un mero “refrito”: la distinción entre ambos
conceptos es muy fina, pero existe. Los lugares son reconocibles pero han
cambiado. Decía Mark Hamill: “everything is change, but nothing is change”. Esa
es la sensación que se tiene, en efecto.
Pero al cabo de poco tiempo uno advierte que está viendo una
película. Que es “solo” una película (una expresión tan peligrosa y delicada
como la de alguien que dijera que Hamlet
es solo una obra de teatro o el Requiem
solo un montón de sonidos articulados: el límite del cinismo es su disolución
en la nada). De modo que no se trata de que sea “solo” una película en ese
sentido, tal vez despectivo, pero sin duda inculto, sino en el sentido de que
uno se da cuenta de que el universo está ahí, pero tú ya no estás en él. “Quien
viaja demasiado, se convierte en un extraño de su propia patria”, decía
Descartes. Hemos vuelto, como dice Han Solo en un momento de la película. Todos
hemos vuelto. Pero ya no somos los mismos, viene a decir. Aunque todo siga
igual. Un día dejé de intentar atraer objetos con la Fuerza, como Luke en la
guarida del Wampa. Un día dejé de reproducir batallas con muñecos y juguetes (o
con el gresite de la piscina, hace mucho tiempo).
El regreso es, entonces, introspectivo. Volvemos a nosotros
mismos. Y vemos la misma magia en Rey y en Finn que había en Luke y Leia, pero
adaptada al nuevo mundo, porque el Antiguo ya no regresa, como es bien sabido.
Diría que Rey es el personaje más extraordinario de toda la película y, atención,
incluso de toda la saga galáctica. Su expresividad, crudeza y transparencia, su
bondad natural en el entorno más hostil imaginable, su pasado y su presente que
se transforma a cada zancada que da adquiere dimensiones trascendentales
progresivamente y permite una identificación completa con su trayectoria. No
voy a decir que los otros estén mal. Al contrario. Todos los nuevos personajes
sobresalen: los sentimientos de Finn que chocan con Phasma, el descarnado
optimismo de Poe Dameron o esa joya que es Adam Driver, capaz de variar la
expresión de su rostro con solo cambiar milimétricamente su rostro son
extraordinarios. Y eso que su cara sale poco. No obstante, es también
sobresaliente.
Otra detalle genial es el estilo de Abrams. En lugar de
adoptar otros enfoques posibles, la historia y la dirección se asemejan más a
las películas de Spielberg de los 80 que a las de ningún otro. Hay momentos que
parecen sacados directamente de Indiana Jones, y distinguirlos y contemplarlos
provoca una satisfacción incomparable. El gran cine está en los minúsculos
detalles. Y ahí ha tenido en algunos momentos Abrams la capacidad de captarlos
y presentarlos adecuadamente. El movimiento de la cámara en las persecuciones
(en algunos momentos, repito), el tema mismo –ir tras el mapa del tesoro–, el
momento en que se recupera un objeto valioso –como cierto símbolo que todo el
mundo recordará–, o la tensión en un puente endeble y a punto de destruirse,
constituyen aciertos narrativos nada desdeñables.
Compensan los defectos de la película, que los hay. Dos en
especial a mi juicio, y uno de ellos imperdonable que esperemos se rectifique
en la versión extendida que, por ciertos cortes de continuidad que se producen,
supongo que se producirá. El otro no se puede rectificar porque es una cuestión
de guion, relacionado con ese afán de reescribir las historias del pasado y que
restan tensión a una amenaza que adquiere dimensiones planetarias.
Los tránsitos algo disparatados, la mala puntería o exacta
puntería de los troopers según convenga, los personajes insólitamente
desaprovechados (que suponemos tendrán mayor peso en otras películas o spinoffs) y todos esos detalles
fascistoides de los “malos” son perdonables. El nuevo líder de la Primera Orden
es presentado de una forma verdaderamente sobresaliente, una especie de Abraham
Lincoln del mal de gigantesca talla. La sensación de apertura es constante en
toda la película, de modo que en realidad el juicio final habrá de ser
pospuesto hasta el final de la trilogía. Algunas decisiones pueden considerarse
arriesgadas, cómo no. Destacan en su parte final. No son revelables, pero hay
dos muy especiales que están planteadas con un gusto exquisito y un vigor
visual indudable. Son momentos, por cierto, en los que no hay palabras, donde
la carga dramática alcanza el límite. Donde se trasciende la escala de los
meros héroes para alcanzar el límite de lo legendario.
En definitiva las nuevas generaciones creo que se podrán
sentir muy satisfechas con el resultado final. Las antiguas habrán visto
saldada su deuda y esperarán nuevas aventuras en la Galaxia por antonomasia.
Todas estarán dispuestas a revisar una y otra vez las nuevas aventuras para
regocijo de Disney. Abrams ha salido indemne, con esa mirada líquida y
desafiante. No sois vosotros. Soy yo.
Pero nada de eso importa. Si esta película consigue que un niño juegue a
explorar inmensas naves espaciales. Que sueñe con salir de su mundo hacia
nuevos planetas. Que intente atraer un sable láser atrapado en la nieve como el
de Luke en el planeta Hoth… Entonces la magia se habrá conseguido. Se habrá
llegado a ese íntimo lugar al que ya nunca regresamos pero que siempre acompaña
de un modo u otro, olvidado o no, toda nuestra vida. Yo espero que mi hijo sea
ese niño, cuando llegue el momento. Ese verdadero jedi que yo no conseguí ser.

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