A partir de un artículo
de David Wong.
Imaginemos al huérfano que vive con sus tíos contemplar
atónito sus cadáveres humeantes. Imaginemos su sufrimiento. Su único apoyo ante
esas circunstancias es asesinado ante sus ojos poco después. El homicidio, en
realidad, tiene más de autosacrificio que de crímen en sí mismo: se ve
involucrado en una vieja disputa y se niega a defenderse a pesar de que todos
los indicios apuntaban a que el otro sujeto estaba dispuesto a todo. El ser
humano tiene límites de tolerancia al sufrimiento, más allá del cual se abre el
infinito horizonte de la locura. Nuestro héroe no lo soporta más.
Su trastorno se manifiesta de forma sutil, apenas
discernible para quienes todavía le rodean. Escucha voces. Una voz en concreto,
que le da indicaciones de qué hacer, qué destruir. Una voz que le da ánimos y
confianza en los momentos más extremos, calor en los más fríos, consuelo en los
más difíciles.
Por carambolas del destino, ese muchacho doliente se
convierte en piloto de un caza con alta capacidad destructiva. ¿Alguien en su
sano juicio aceptaría esa asignación? Se acompaña de un primitivo sable estilo
prusiano y afirma dominar la capacidad de manipular la mente y la materia. Además se considera elegido
para una tarea capaz de alterar el destino del universo. ¿Lo pondrían al mando
de semejante aparato? Solo un grupo terrorista altamente fanatizado estaría
dispuesto a ese riesgo. La adhesión es incondicional en esos casos y ese tipo
de perfiles son los que encajan perfectamente en su organización.
Pero vayamos más allá. Imaginen que ese muchacho tiene
éxito, y es capaz de producir daños significativos en las instalaciones del
orden establecido. Que el orden es injusto, diría, pero ¿cuál no lo es en
esencia? La injusticia es la forma política de orden social. Quien crea otra
cosa es un idealista. Esos idealistas que pueblan los grupos subversivos como
los que patrocinan a nuestro héroe. Díganme, si la cosa continuara y al final
el tejido institucional se viniese abajo, ¿confiarían en ese individuo para el
ejercicio del mando? ¿Acaso no podría acudir a decisiones arbitrarias señaladas
por su voz interior más allá de su control? ¿Se sentiría “liberado”?
Tal vez desconfiaríamos de esos cantos de sirena que nos
prometen sus ideólogos. Tal vez las esperanzas se vieran truncadas mucho antes
incluso de que comenzase la Nueva República a funcionar, viendo el coste que ha
tenido el cambio. Es el precio de ser liderados por gurús o iluminados que nos
prometen la bienaventuranza. No obstante, semejantes perfiles, cuando comienzan
a medrar, consiguen una amplia adhesión por parte de un pueblo en general
resentido y colérico con sus anteriores gobernantes. Es normal, como hemos
dicho la justicia no es sino la pátina dorada con la que se pintan las verjas y
los muros.
Dentro de poco se estrena la continuación de Star Wars.
Veremos cómo funcionó el programa político de Skywalker más allá de las
acciones de programadas para subvertir el orden y atraer a los guardianes hacia
el lábil camino de la esquizofrenia política.
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