Al principio se anunciaba una tranquilidad sin límites para la tarde. Y
cuando ya me disponía al placer de un libro, o de una peli, o de un
juego, todo ha empezado a torcerse. Unos vecinos, como es habitual, se
han puesto a gritar desde el balcón que ya bajaban, que ya bajaban,
que ya estaban bajando, –¿Que qué?, –Que ya bajamos. – Joder, ¡pues
venga!. –¡Que ya bajamos! Es verdaderamente asombrosa la capacidad
humana de oralizar la estupidez, de ejercitar la imbecilidad hasta los
más íntimos recovecos de la estulticia. Después de algunos interesantes informes puntualmente realizados por nuestros vecinos sobre el proceso
mediante el cual las personas, (mucho decir, rectifico), los chimpancés
sin pelo, prorrumpen a abrir la puerta, cerrarla, dirigirse al ascensor,
bajar por él hasta la altura del suelo o acera (también conocido como
“planta baja” o, en algunos otros lugares del continuo espacio-tiempo,
como "primera planta", lo cual exigiría una meditación profunda que no
procede ahora) y salir por fin a airear en cerebro, que sin duda se
encontraba en el límite de procesamiento… Después, decía, de todo ello,
se prometía un mínimo de tranquilidad. Pero justo a continuación nuestro
querido niño del quinto de ocho años, o diez, o doce, (a quién le
importa; como si tiene sífilis gangrenosa), ha decidido que era una gran
idea pasar media hora recorriendo el pasillo de un lado al otro con su
monopatín nuevo finalizando el trayecto de unos cinco segundos con un
sonoro golpe contra la pared, que hacía las veces de freno
(¡Ruuuuuuuuuuuuuuuuuu! PAF! ¡Ruuuuuuuuuuuuuuuuuu! PAF! ¿Estaría
apisionando el suelo? ¡Ruuuuuuuuuuuuuuuuuu! PAF! Y otra vez). Niño del
quinto también conocido por su afición a arrancarse, con dudoso arte y
peor gusto, a cantar esas coplas y seguidillas contemporáneas a las que
los orangutanes, mandriles y simidendros actuales llaman comúnmente
música. Cuando al parecer se ha detenido, tal vez al quedar inconsciente
por algún golpe desafortunado que nos privaría de la existencia de
semejante Einstein en la Tierra (Dios no lo quiera), una mosca (–¿una
mosca? –Sí, una mosca) ha pensado que era buena idea revolotear en los
alrededores de mi oreja para hacerme gozar de su frenético vuelo. Como
semejante placer estaba lejos de deleitarme, he tratado de enfrentarse a
uno de los grandes enemigos de la humanidad, al archirrival
maquiavélico, némesis sobrehumana aviesa y esquiva, tan amante de la
coprofagia como del mejor vino encopado y sabroso. Al fin he conseguido
derrotarla, después de renunciar a su muerte, puesto que eso, era
consciente, escapaba a mis humildes posibilidades bípedas: la he hecho
huir por la ventana agitando un trapo y levantando los brazos
amenazadoramente. A continuación he pensado que ya era el momento, ya
podría zambullirme en un buen libro, o tal vez en una película, aunque a
cada instante me apetecía más dedicarme a prácticas de tiro... pero no
iba a ser tan fácil. Un gota (–¿Una gota? –Sí joder, una simple gota)
uniforme en su caída constante y ritualizada, cada segundo, pic, pic,
pic, pic, pic, pic, PIC, cayendo de la ducha en el colmo del absurdo
ionescano (¿o será ionesquense?) puesto que no había tenido actividad
alguna desde la mañana. Y ella había elegido ese momento, precisamente
ese instante, en mí tarde redonda y prometedora, para comenzar su
indefectible repiqueteo. ¿Era posible? ¿Acaso se habían confabulado los
astros? ¿Acaso los dioses que condenaros a Sísifo o Prometeo habían
decidido mofarse de otro mortal? No cabía duda. Me dirigí veloz al baño
dispuesto a medirme con Zeus Olímpico o con Atenea o con su puta madre.
Pero solo encontré la ducha: pic, pic, pic, pic, pic, nerviosa,
tintineante, incontinente, pic, pic, pic, PIC. En un instante debía
tomar la decisión: a) romperle el cuello a la “cebolla” (–Je, je,
“cebolla” de ducha, qué gracioso –No te desconcentres ahora, ¡vamos!),
b) enfrentarme a los Eternos, c) pegarme una ducha rápida (era una
opción). Al fin me decidí: la tomé en mi mano con fuerza y le grité
atrevido: “¡no me venceréis!” y la dejé caer contra el fondo. Luego
regresé regocijándome en mi triunfo, entre mis propias risas (¡je, je,
je, je, je, JE!) hacia el sofá diciéndome “ahora sí, ahora sí podré
descansar, y tal vez jugar a un libro o leer una peli o ver un juego
solo un ratito antes de la cena. Pero cuando me he sentado, he
encontrado una inquietante novedad definitiva: un ruidito casi
inaudible, más avieso y disimulado que los otros, inidentificable al
principio, acaso fruto de mi mente más que de esa realidad que se
resiste al dominio natural de la superioridad humana. Después de unos
segundos me he dado cuenta al fin: las manecillas de mi reloj. No cabía
duda. No habría descanso. Así que me he puesto a escribir esto. Y
mientras escribo advierto que los vecinos ya han regresado: bonobos de
costumbres, lémures en celo; que el niño no murió, sino que sigue
recorriendo hacia un lado y hacia otro el sempiterno pasillo mientras
canta melifluo con euforia inconsciente; que la mosca no había escapado,
sino que se mantenía oculta, ladina y maléfica, a la espera de mi
aposentamiento; que la ducha seguía dejando caer el agua gota a gota,
cada una como una cuchillada mortal en la espalda; y que el segundero de
mi reloj, por mucho que yo quisiera, no se detendría: tic, tic, tic,
TIC… Y he pensado en buscar un búnker ahora mismo. Vete a saber por qué.
Imagen clásica de Erol Otus para el set básico de D&D de 1981. Gracias a Caelestis (valga aquí como mi público agradecimiento) y Discord, desde que la pandemia revolucionara nuestras vidas digitales, llevo jugadas muchas aventuras que creía que no iba a jugar jamás. Me he decidido a hacer un pequeño recopilatorio para que no se pierda mi recuerdo (que es frágil y esquivo) de estas aventuras en escenarios variopintos pero eminentemente del viejo d&d: Greyhawk El Templo del Mal elemental (aventura introductoria) Personaje: Dir Havel. La Torre Fantasma de Inverness El Penacho Blanco. Retorno a la montaña del Penacho Blanco (Ad&d) Personaje: Haliana de Everwood La Batalla de las Llanuras de Emridy (d&d5a) Personaje: Brobdingnag, Gnomo mago, nivel 6. La ciudad Perdida (B4) Con sistema OSE Personajes: Sher-Suri...
Comentarios
Publicar un comentario