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Crítica Encuentros paranormales 2.

(Este texto contiene spoilers, pero da igual, de verdad).

No es que sea una peli "mala", ni una peli "buemala". Voy a inventar un nuevo concepto para ella. Es una peli "metamala". La primera tomaba como punto de partida un programa estilo Buscadores de fantasmas y jugaba con el "found footage" ("metraje encontrado") clásico: Cloverfield, Holocausto Caníval, The Blair Witch Project, REC, etcétera. No obstante, Paranormal Encounters 2, lleva a cabo un looper fascinante. Reconoce lo cutre de los medios, y toma como premisa que se trataba de un fake que luego resulta que se toma como verdadero (aunque seguimos sabiendo que es un fake), en una superposición barroca de significados pero desde la capa más cutre que quepa imaginar. De ese modo revivimos el acceso al Hospital desde la conciencia de que tal cosa es un completo despropósito. Si la tesis por la que viajan a Canadá es que lo sucedido fue real; o son imbéciles, que lo son, u olvidaron que todo el equipo acabó muerto o desaparecido. Pero como se trata de estudiantes universitarios estadounidenses, pues resulta que es creíble que sean tan subnormales (de ahí el calculado prólogo en el que hay un cierto abuso de los testículos para constatar la gilipollez de los protagonistas). Además, antes de adentrase en el Hospital, hay un conflicto interesante entre el protagonista principal, que cree en la verdacidad del verdadero falso fake que aparece como película (al estilo como Don Quijote se ve reflejado como personaje en el verdadero falso Quijote de Avellaneda). Así que va de visita a Hollywood a conocer al productor. Este momento es hilarante por su completa falta de credibilidad, pero totalmente necesario, a su vez, para la narración. Es necesario porque nos descubre que había añadidos en la película: efectos especiales cutres, los llama. Y es hilarante porque sabemos que se trata de un truco barato llevado a cabo por los guionistas para justificar el viaje, pero a su vez es imprescindible para la narración. Y nosotros entendemos, asumimos e incluso permitimos el juego, y decidimos jugar (porque seguimos viendo la película en lugar de irnos a jugar al Arkham City). Solo a partir de la metarreferencia cómica (por cutre) es posible comprender la película y los acontecimientos posteriores. Pero su comicidad no puede encubrir su atractivo manierismo, llevado a cabo desde el único cine de género que permite tales alardes (los detalles de la puerta, como la escatológica salida final; la desaparición del presentador o el crimen del protagonista). Por tanto, los guionistas son conscientes de lo que tienen entre manos y juegan con ello. Ese juego es estimulante, pero solo para aquél que comprenda el género y sea capaz de reírse de los tópicos.
Pero la joya de la corona no es nada de esto. La joya es la decisión de recuperar al presentador de la anterior película como personaje ya corrompido por el Hospital mental. Porque se trata de nuevo de otro giro, de otra torsión narrativa, totalmente burlesca (el presentador ya se ha convertido en un psicótico semihumano) o, incluso grotesca (lo grotesco como una constante del arte). Aunque solo es comprensible desde la más absoluta intrascendencia (la que es propia de una secuela de una película de serie B). Es a partir de esa simplicidad como logra construir esa espiral de metarreferencias que, por cierto, no he visto en ninguna secuela de ninguna película de terror. Se toma como una broma, y en ello estriba su genial seriedad. Por ello el final constituye la única alternativa posible para semejante basura: se presenta como lo que es y lo que no: en la entrevista última confluyen las dos facetas que constituyen toda la narración que hemos visto en un solo momento. Da risa y pena al mismo tiempo (la mirada del protagonista asesino es ya una mofa y un homenaje de los personajes de Kubric). El productor aclara que es una ficción, pero sabemos que no lo es, aunque en todo momento somos conscientes de que lo es. Alguien podría decir que es un subrayado innecesario. Pero yo lo veo como una conclusión, como un epílogo de un filme que solo puede ser calificado de completamente lamentable, pero, más allá que una mera película mala de terror, se adentra en su propia incoherencia estúpida para alcanzar una nueva categoría cinematográfica: la metamaldad. Todo un descubrimiento.

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