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Crítica de Psychophony, de Xavier Berraondo


Esta crítica contiene spoilers, pero da igual.

No podemos calificar esto como una película al uso. Ni tan siquiera como un telefilm. La categoría aplicable, caso de ser alguna, sería la de "seriefilme". ¿Qué ocurre cuando alguien se ha visto la serie de filmes Paranormal encounters (cuya profundidad metacinematográfica ya analizamos en su momento), creyendo que era Paranormal Activity, creyendo que era Poltergeist; cuando ha descubierto a utilizar el After Effects; y cuando unos actores sacados de la escuela de interpretación de Carrefour utilizan el método Stánkovic creyendo que es el de Stanislavski? Exacto: la respuesta es "despropósitos", que es lo que nos gusta en esta sección.
A destacar la interpretación de Dafnis Balduz (¡pero qué nombre es ése!) cuya intensidad emocional solo fue posible gracias a la presbicia generada por haberse dejado las gafas en casa el primer día de rodaje. La coherencia actoral tiene esas cosas.
Respecto a la historia en sí, poco se puede decir. Unos chiflados llegan a una casa para someterse a experimentos paranormales (punto). ¿Para qué? ¿Y qué importa? A partir de aquí todo se aglutina, como la plastilina en una clase de infantil. A una de los esquizofrénicos se le murió una hija, la cual interactúa con los demás sin complejos: hace camas, juega con mamá, se pinta los labios como una prelolita y pone caras entre estreñidas y locuelas a lo largo de todo el metraje. Pero eso no era suficiente para quien ha visto Origen y quiere tener más capas narrativas que una lasaña de la iaia. Así que hay un grupo de niños que pululan por la casa, no se sabe muy bien por qué, pero ya se lo digo yo: había un cementerio indio en el solar donde hicieron la casa. Es que estos indios se entierran en cualquier parte, oiga. Por cierto, que como no había presupuesto, los niños no se ven en ningún momento, pero claro, son fantasmas... Pero, no se vayan todavía, como si no fuera suficiente, hay una presencia, un ser, una criatura, un demonio, un ajeno, un outsider, un praeternatural que persigue a otra niña (esta sí que está viva, aunque parezca más bien una emo en horas bajas), cuya historia verdaderamente valdría otra película por sí sola. Pues salió junto con su hermana gemela, de 10 años ellas, en un barco a faenar por la costa blanca para (atención), bañarse las dos junticas en plan "súperconfianza". La cosa salió mal, porque no debieron recordar que no sabían nadar... Una de ellas muere y la otra es perseguida por esa criatura desconocida que acecha malignamente, sin que sepamos en ningún momento quién es (¿su hermana? Noooo). Ah, hay otro que cuando se pone nervioso viendo a Alex González en los episodios de El Príncipe, se convierte en animales. En concreto, le vemos transformarse en la ágil Baguira en un momento en el que la trama flaquea (¿todavía más?), para pasearse por la casa arrastrando cacha por el suelo. Fascinante. Bueno, no sigo. Porque el otro se muere rápido de un ataque al corazón cuando se quedaron sin presupuesto; y el doctor Muerte que dirige esta casa del amor a lo Capitán Stubing también desaparece; y la psicóloga que dirige (es un decir) el experimento también desaparece casi al final. Como ven, unos alardes de originalidad que ya quisiera para sí Damon Lindelof.
Total. La gente empieza a morir y los fantasmas a hacer de las suyas. Pero en ese orden, no se vayan a pensar que los fantasmas matan a alguien, no. Pero esta reseña la hago porque allá hacia el final de este, por fortuna breve, chiste audiovisual (como una performance de Yoko Ono, no se crean), cuando los que quedan se han decidido a hacer un pentáculo para jugar a la Ouija, se dice una frase que vale la pena enmarcar en los anales de la cinematografía, junto a otras joyas como Torrente o el último Álex de la Iglesia (cuándo nos daremos cuenta; Álex, Peter, de que el mojo está en la opípara gordura; ¡oh, mediocridad provocada por los malditos regímenes de adelgazamiento!): Pretenden recuperar a la niña que esa criatura innominable (la hermana), ha raptado y se dice: "Según las sagradas reglas del intercambio de almas, [por cada cuatro almas que van al Otro lado, viene una gratis]" Bueno, eso es un añadido nuestro, pero la primera parte es cierta. Se insinúa que hay unas leyes sagradas para el intercambio de almas. Y uno se pregunta si acaso no habrá lo mismo para el intercambio de parejas, o de sexos, o de estampitas de la Liga... porque yo ando detrás de Casemiro (¡pero qué nombre es ése!) y no hay manera.
Al final suben en el autobús que los trajo, con no-se-sabe-cuántos muertos que se quedan atrás (porque es otra ley sagrada que los que no llegan al autobús no vuelven) y se ponen a pensar adónde ir ahora como un grupete de amigos del imserso.
En fin. Una película que tiene de todo. Solo falta algo de guión, algo de capacidad actoral, algo de coherencia, algo de calidad visual, algo de terror, algo de tensión y algo de profundidad para aproximarse a clásicos del género como Porky's o American Pie. Muy lejos de mi adorada Paranormal Encounters 2, permite pasar un buen rato si se acompaña de unas copitas de anís y algo de ironía. Se lo recomiendo.

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