No existe mayor disparate que desear la belleza para sí mismo. La fealdad, esa virtud que tanto ha dado al mundo, constituye un bien mayor del cual nada puede pensarse. En una época en la que ser único y diferente está de moda, la fealdad se presenta como aquella cualidad definitoria y distintiva que nos aleja de la vulgaridad de la hermosura, tan igual e insípida que nunca colmaría un alma inquieta. La fealdad es profunda porque es verdadera e inamovible, es una nariz klingon, unos ojos estrábicos, unas piernas demasiado cortas, o demasiado largas, unas orejas élficas (que en la tele quedan resultonas pero se sufren cada cumpleaños), una boca mohína, una barbilla monesca, una piel de lobisome o una cabeza caracono. Para nosotros, esa inmensa mayoría que vive en abnegado silencio su existencia, fuera de los circuitos de la televisión y, por qué no decirlo, fuera también y casi de la vista ajena, no existe una figura más representativa que el Slot de los Goonies para representarnos. Él alcanzó un éxito inusitado e invertido, más propio de esas celebridades apolíneas que jalonan infaustas las paradas de autobús, con esa cara entre falsamente interesante y verdaderamente aburrida, que de uno de los nuestros.
La belleza, además de banal es impúdica por inmoral. Fomenta la lascivia, la infidelidad, la fantasía, el onanismo, la lujuria e incluso la pereza o, lo que es peor, la lascivia lujuriosa o la lujuria lasciviosa. El orden moral de la fealdad, que aleja de los peligros de la poligamia, la carnalidad y por extensión, del contacto con cualquier otro, constituye una férrea salvaguarda que exige, eso sí, de una gran fortaleza interior.
Aquellas beldades intocables, insubstanciales y banales que nos asfixian viven en un continuo desorden existencial, todos iguales, tan juntos que se indisciernen como identidades leibnizianas. La fealdad constituye una forma de vida auténtica, elevada, pulcra, ajena a la depilación láser, al bótox, a los sudorosos y maquinales gimnasios, a la licra y a las transparencias. Qué pena que haya algunas figuras desviadas que aún busquen equiparse a los otros, animales televisivos que abusan de su don divino para cometer la hybris de la soberbia.
Recapacitemos, feos de la creación, el mundo nos pertenece, observémonos en el espejo y aprendamos a ver más allá de los prejuicios que un ejército de modelos recauchutadas, actores guaperas y cantantes chafarderos nos han inculcado. La fealdad os hará libres.
La belleza, además de banal es impúdica por inmoral. Fomenta la lascivia, la infidelidad, la fantasía, el onanismo, la lujuria e incluso la pereza o, lo que es peor, la lascivia lujuriosa o la lujuria lasciviosa. El orden moral de la fealdad, que aleja de los peligros de la poligamia, la carnalidad y por extensión, del contacto con cualquier otro, constituye una férrea salvaguarda que exige, eso sí, de una gran fortaleza interior.
Aquellas beldades intocables, insubstanciales y banales que nos asfixian viven en un continuo desorden existencial, todos iguales, tan juntos que se indisciernen como identidades leibnizianas. La fealdad constituye una forma de vida auténtica, elevada, pulcra, ajena a la depilación láser, al bótox, a los sudorosos y maquinales gimnasios, a la licra y a las transparencias. Qué pena que haya algunas figuras desviadas que aún busquen equiparse a los otros, animales televisivos que abusan de su don divino para cometer la hybris de la soberbia.
Recapacitemos, feos de la creación, el mundo nos pertenece, observémonos en el espejo y aprendamos a ver más allá de los prejuicios que un ejército de modelos recauchutadas, actores guaperas y cantantes chafarderos nos han inculcado. La fealdad os hará libres.
Y tú qué sabrás, con lo buenorro que estás.
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