El otro día me pusieron una multa. No existe otra circunstancia que fomente mejor la reflexión sobre la esencia de la justicia y otros temas afines de naturaleza metafísica (¿acaso la madre del señor guardia civil estaba determinada a parir a semejante…? etcétera). Y es que se advierte con claridad meridiana la naturaleza disuasoria de las leyes, la absoluta ausencia de un orden de derecho en el que, pese a todo, deseamos creer aunque en nuestro fuero interno sepamos que es una mentira feliz, como que España ganará el mundial, o que Michael Bay es un director de cine.
Mientras cada día paso en mi coche por el lugar del suceso (una pronunciada esquina de la carretera, una sombra oscura cerca del arcén, una salida que ha sido clausurada de forma aviesa y sin sentido) observo cómo un vendedor de patatas ha montado un prolífico negocio en una rotonda adyacente. Cada día se aposta en la circular avenida (reflejo del eterno retorno de los mismos) con su furgoneta y ofrece sus américos productos a los usuarios que transitan de Ilicitania a Aspen, Colorado (el lugar más gris, lúgubre y siniestro que ha dado la imaginación desde Mordor, la Australia de Mad Max II o Waterworld –me refiero a la película en su conjunto, no a su escenario marinero-).
Este hombre, decíamos, que vende de forma completamente irregular, y aun marginal, sus tubérculos, se aposta en el mismo espacio que ocupa la benemérita para cazar a sus presas, radar en mano y sin calor en las venas. Cómo es posible que ambos no se hayan encontrado nunca, que la una no sepa del otro (aunque el otro sí sepa de la una, sin duda). He aquí la flagrante muestra de la injusticia, a escala tan pequeña, pero tan pura, que uno no puede dejar de asombrarse. Más allá de los trajes, de las corruptelas, prevaricaciones, amiguismos y demás delitos que nuestra clase política practica con singular desparpajo y alegría, este simple fenómeno revela con singular claridad lo antojadiza y voluble que es la balanza que mide nuestros actos.
Así ha de ser, dirán algunos. Sufrimos la férrea mano de la ley y nos lamentamos por ello, mientras otros, más temerarios, se afanan a llenar sus bolsillos en los despachos de ayuntamientos, consellerias o ministerios, o a hurtadillas entrando en las casas ajenas, o por medio de los cientos de formas que el delito ha adquirido a lo largo de la eternidad del tiempo; sin radar o agente que los detenga y le pida sus papeles.
Mientras tanto, el negocio patatero medra sin freno. Ahora ha puesto un cartel de “se venden patatas” y mientras yo rotondeo y transcurro me pregunto cuánto tiempo le durará el éxito a este hombre, a todos los que impunemente se creen sin límite. Mañana tengo que ir a pagar la multa. Compraré un saco de tres kilos. Que están baratos.
Mientras cada día paso en mi coche por el lugar del suceso (una pronunciada esquina de la carretera, una sombra oscura cerca del arcén, una salida que ha sido clausurada de forma aviesa y sin sentido) observo cómo un vendedor de patatas ha montado un prolífico negocio en una rotonda adyacente. Cada día se aposta en la circular avenida (reflejo del eterno retorno de los mismos) con su furgoneta y ofrece sus américos productos a los usuarios que transitan de Ilicitania a Aspen, Colorado (el lugar más gris, lúgubre y siniestro que ha dado la imaginación desde Mordor, la Australia de Mad Max II o Waterworld –me refiero a la película en su conjunto, no a su escenario marinero-).
Este hombre, decíamos, que vende de forma completamente irregular, y aun marginal, sus tubérculos, se aposta en el mismo espacio que ocupa la benemérita para cazar a sus presas, radar en mano y sin calor en las venas. Cómo es posible que ambos no se hayan encontrado nunca, que la una no sepa del otro (aunque el otro sí sepa de la una, sin duda). He aquí la flagrante muestra de la injusticia, a escala tan pequeña, pero tan pura, que uno no puede dejar de asombrarse. Más allá de los trajes, de las corruptelas, prevaricaciones, amiguismos y demás delitos que nuestra clase política practica con singular desparpajo y alegría, este simple fenómeno revela con singular claridad lo antojadiza y voluble que es la balanza que mide nuestros actos.
Así ha de ser, dirán algunos. Sufrimos la férrea mano de la ley y nos lamentamos por ello, mientras otros, más temerarios, se afanan a llenar sus bolsillos en los despachos de ayuntamientos, consellerias o ministerios, o a hurtadillas entrando en las casas ajenas, o por medio de los cientos de formas que el delito ha adquirido a lo largo de la eternidad del tiempo; sin radar o agente que los detenga y le pida sus papeles.
Mientras tanto, el negocio patatero medra sin freno. Ahora ha puesto un cartel de “se venden patatas” y mientras yo rotondeo y transcurro me pregunto cuánto tiempo le durará el éxito a este hombre, a todos los que impunemente se creen sin límite. Mañana tengo que ir a pagar la multa. Compraré un saco de tres kilos. Que están baratos.
A lo mejor es el proveedor oficial de patatas de la policía. Es más, puede incluso que las venda, a aquellos hombres en uniforme, a precios envidiables que osados mortales en vaqueros jamás podríamos llegar ni a pensar.
ResponderEliminarPero el caso es que, al fin y al cabo, por muy injusta que sea la justicia, no te hubieran puesto la multa si no hubieras aparcado el coche mal. Y a eso, no hay tubérculo que lo discuta.