
Ya ha comenzado la última temporada de Perdidos, y la tesis de los Universos-isla parece ser el leit motiv de la serie al final. Por cierto, que sería la única manera de explicar aquél episodio en el que Desmod viaja a otra realidad, en la que aparece Charlie y la madre de Faraday (Flashes before your eyes, 3x08). En la Revista de Occidente ha aparecido un artículo publicado al respecto, y el los foros y blogs se menciona a un filósofo, David Lewis, cuyas tesis son tan risibles como fascinantes. Si existen varios universos, por definición no están causalmente conectados, y si no están causalmente conectados no existe posibilidad de contrastación de semejante tesis. Y si no existe posibilidad de contrastación, dicha tesis (la de los universos-isla), no es verificable científicamente –ni tan siquiera con una perspectiva holista, por varias razones que no vienen al caso. Ni por supuesto positivista, pese a las limitaciones del positivismo, que al fin y al cabo es la teoría del mundo que la gente maneja hasta que nos ponemos fanáticos o llegan los pasos de semana santa, o vivimos en este país paletoide: también lo llamamos realismo ingenuo, o tontuelo, que sería una versión filosófica a lo Muchachada Nui.
Pero es que además, dado que no es contrastable, y que multiplica hasta el infinito (o incluso más, hasta el transfinito, y más allá, que diría Buzz Lightyear…) si aplicamos el criterio de la Navaja de Occam: Pluralitas non est ponenda sine neccesitate (¡pero si yo no tengo ni idea de latín!), obtenemos la elegante conclusión de que se trata de una tesis sin valor epistémico de ninguna clase: lo que en círculos menos finos llaman una rallada de un fumao o un tío que ha perdido la chaveta o una paja mental.
La única posibilidad de que hubiese contrastación empírica serían los viajes en el tiempo, pero tales cosas no son posibles por mucho que nos guste la SCI-FI. Y no por la cuestión de las paradojas, al fin y al cabo ya hay paradojas como el comportamiento de las partículas subatómicas, sino por una cuestión de buen gusto. Sobre ese tema, el máximo tratado es, por supuesto, el no-escrito por el Doctor Emmet L. Brown.
Además, hay algo mucho peor, y es que dentro de nuestro propio universo-isla se pueden producir alteraciones aleatorias y terroríficas que modifican la flecha del tiempo hasta límites insospechados. Paso a citar ejemplos: a un compañero le han desaparecido diez años de trabajo en la administración pública como docente. Estaban, pero de repente dejaron de estar en el tranquilo remanso de paz del pasado para saltar a otro sitio. Ahora esta persona debe demostrar que su pasado fue tal, que fue quien fue, que estuvo donde estuvo y que su historia, su vida, no es una pura ficción novelesca. No es un caso aislado. A una compañera le han desaparecido siete años y a mi mismo, por no ir más lejos, me ha traicionado mi pasado: ya no soy un licenciado oficialmente a los ojos de mis jefes. Resulta que aquellos años que transcurrí en la universidad fueron una pura mentira, un sueño paranoide que se creó en mi mente. Las personas que conocí allí, mis amigos y recuerdos, son una creación artificial, o, lo que es peor, un universo-isla paralelo en el que mi otro yo estudiaba y hacía trabajos como un gilipollas. La cuestión ahora es: si ese no es mi pasado en este universo, ¿cuál lo fue? ¿Qué fue de mi durante aquellos años que yo recuerdo erróneamente como universitarios? ¿Qué fue de aquellos diez años de docente de mi compañero? ¿Estuvo perdido en una isla acaso, presionando una tecla cada 108 minutos para impedir que el mundo se terminase? ¿Quién es nuestra constante?
Nada es tan terrible como la incertidumbre del pasado, como muestra la ansiedad que sienten los amnésicos. Acaso fueron ladrones o asesinos, acaso drogadictos o traidores, acaso genocidas o, mucho peor, abogados, o periodistas o (¡no!), profesores...
Y si esto es aterrador, qué puede ser peor que demostrar tu pasado ante los demás, ante los otros, que nos juzgan con su mirada, y nos condenan con su pensamiento. Un amigo, que acaba de tener un niña (esto es una licencia literaria, por supuesto: él no tuvo a la niña, la tuvo su mujer, él solo puso una pequeña parte, no obstante continúa siendo su padre, al menos putativamente), fue al centro de salud ya que tenían que hacerle una prueba (a la niña, se supone, no a él, quien previsiblemente ya habrá padecido sus respectivas pruebas en el pasado, o no)... Perdón por la redacción descuidada, pero es que no estoy seguro de si aprendí a escribir…
El caso es que le pidieron que demostrara que ésa era su hija. Entonces le sobrevino el pánico de carecer de papeles, de testigos, o acaso del cordón umbilical todavía unido a su útero (en ese momento le habría gustado tener ambas cosas, seguro). Lo máximo que pudo pedir fue una prueba de ADN, abrumado sin duda por las circunstancias. Al final escapó airoso del trance, no sin antes tener que discutir con una operadora telefónica para que la aseguradora consintiera la prueba, (que consintió pese a que previamente estaba prohibida, en un malabarismo lógico que ya habría gustado a Arcesilao).
Este es el mundo de incertidumbre absoluta que nos ha tocado vivir, un verdadero universo-isla, donde andamos perdidos, inseguros de si nuestro pasado fue tal, o de si seremos acusados de cualquier crimen, como le ocurrió a Joseph K. un buen día de primavera. Un mundo en el que el tiempo se desdice, se arrepiente y juguetea con nosotros, como si fuéramos sus marionetas. Así que tened cuidado, mientras yo me aclaro y decido o demuestro o imagino que pasé aquellos penosos años en la Universidad de Elche estudiando lo inestudiable, y afianzad vuestra existencia con algo más sólido que el recuerdo. Os aseguro que, en Ilicitania al menos, eso no es suficiente.
Pero es que además, dado que no es contrastable, y que multiplica hasta el infinito (o incluso más, hasta el transfinito, y más allá, que diría Buzz Lightyear…) si aplicamos el criterio de la Navaja de Occam: Pluralitas non est ponenda sine neccesitate (¡pero si yo no tengo ni idea de latín!), obtenemos la elegante conclusión de que se trata de una tesis sin valor epistémico de ninguna clase: lo que en círculos menos finos llaman una rallada de un fumao o un tío que ha perdido la chaveta o una paja mental.
La única posibilidad de que hubiese contrastación empírica serían los viajes en el tiempo, pero tales cosas no son posibles por mucho que nos guste la SCI-FI. Y no por la cuestión de las paradojas, al fin y al cabo ya hay paradojas como el comportamiento de las partículas subatómicas, sino por una cuestión de buen gusto. Sobre ese tema, el máximo tratado es, por supuesto, el no-escrito por el Doctor Emmet L. Brown.
Además, hay algo mucho peor, y es que dentro de nuestro propio universo-isla se pueden producir alteraciones aleatorias y terroríficas que modifican la flecha del tiempo hasta límites insospechados. Paso a citar ejemplos: a un compañero le han desaparecido diez años de trabajo en la administración pública como docente. Estaban, pero de repente dejaron de estar en el tranquilo remanso de paz del pasado para saltar a otro sitio. Ahora esta persona debe demostrar que su pasado fue tal, que fue quien fue, que estuvo donde estuvo y que su historia, su vida, no es una pura ficción novelesca. No es un caso aislado. A una compañera le han desaparecido siete años y a mi mismo, por no ir más lejos, me ha traicionado mi pasado: ya no soy un licenciado oficialmente a los ojos de mis jefes. Resulta que aquellos años que transcurrí en la universidad fueron una pura mentira, un sueño paranoide que se creó en mi mente. Las personas que conocí allí, mis amigos y recuerdos, son una creación artificial, o, lo que es peor, un universo-isla paralelo en el que mi otro yo estudiaba y hacía trabajos como un gilipollas. La cuestión ahora es: si ese no es mi pasado en este universo, ¿cuál lo fue? ¿Qué fue de mi durante aquellos años que yo recuerdo erróneamente como universitarios? ¿Qué fue de aquellos diez años de docente de mi compañero? ¿Estuvo perdido en una isla acaso, presionando una tecla cada 108 minutos para impedir que el mundo se terminase? ¿Quién es nuestra constante?
Nada es tan terrible como la incertidumbre del pasado, como muestra la ansiedad que sienten los amnésicos. Acaso fueron ladrones o asesinos, acaso drogadictos o traidores, acaso genocidas o, mucho peor, abogados, o periodistas o (¡no!), profesores...
Y si esto es aterrador, qué puede ser peor que demostrar tu pasado ante los demás, ante los otros, que nos juzgan con su mirada, y nos condenan con su pensamiento. Un amigo, que acaba de tener un niña (esto es una licencia literaria, por supuesto: él no tuvo a la niña, la tuvo su mujer, él solo puso una pequeña parte, no obstante continúa siendo su padre, al menos putativamente), fue al centro de salud ya que tenían que hacerle una prueba (a la niña, se supone, no a él, quien previsiblemente ya habrá padecido sus respectivas pruebas en el pasado, o no)... Perdón por la redacción descuidada, pero es que no estoy seguro de si aprendí a escribir…
El caso es que le pidieron que demostrara que ésa era su hija. Entonces le sobrevino el pánico de carecer de papeles, de testigos, o acaso del cordón umbilical todavía unido a su útero (en ese momento le habría gustado tener ambas cosas, seguro). Lo máximo que pudo pedir fue una prueba de ADN, abrumado sin duda por las circunstancias. Al final escapó airoso del trance, no sin antes tener que discutir con una operadora telefónica para que la aseguradora consintiera la prueba, (que consintió pese a que previamente estaba prohibida, en un malabarismo lógico que ya habría gustado a Arcesilao).
Este es el mundo de incertidumbre absoluta que nos ha tocado vivir, un verdadero universo-isla, donde andamos perdidos, inseguros de si nuestro pasado fue tal, o de si seremos acusados de cualquier crimen, como le ocurrió a Joseph K. un buen día de primavera. Un mundo en el que el tiempo se desdice, se arrepiente y juguetea con nosotros, como si fuéramos sus marionetas. Así que tened cuidado, mientras yo me aclaro y decido o demuestro o imagino que pasé aquellos penosos años en la Universidad de Elche estudiando lo inestudiable, y afianzad vuestra existencia con algo más sólido que el recuerdo. Os aseguro que, en Ilicitania al menos, eso no es suficiente.
Lo único cierto en esta vida es que el 26 de febrero sucederán dos hechos: enviaré el libro, o estaré impedida o muerta.
ResponderEliminarHas vuelto... ¿eh?
ResponderEliminarJamás pensé que un post en el que se mezclaran los nombres de David Lewis, Muchachada Nui, Doctor Emmet L. Brown, Buzz Lightyear, Joseph K y Elche, además de alguna que otra frase en latín y con expresiones como "paja mental"...
Pudiera tener "algún" sentido.
Bien hecho-