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Promesas y frustraciones

Continúo con mi desastrosa obstinación en visionar películas comerciales con la vana esperanza de encontrar cierto sentido de lo extraordinario, o al menos un mínimo de entretenimiento medianamente aceptable. Ese buen hacer que logró, cuando deambulábamos por La Asunción, apasionarnos por el cine, y pensar nuestros proyectos de gánsters y ladrones en el párking de Wildwood. Al final el tío Locke acabó retratado en ese ominoso subterráneo tan cinematográfico, pero como si la oscuridad de Mordor se hubiera cernido sobre Hollywood (¿será por los incendios?) aquellas películas parecen haber desaparecido de las pantallas.

Supongo que alguien recordará la sensación de ver Indiana Jones en el cine de barrio, haciendo colas y esperando ser absorvido durante dos horas por la arqueología más alocada y acientífica que pueda existir. Y sin embargo funcionaba. Recordemos que incluso las películas más infumables tenían algo que las hacía visionables. No voy a dar la ristra de títulos clásico-casposos de los 80, están en la cabeza de todos. ¿Podemos comparar aquello con el momento actual?

(¿Cómo meterme en un personaje que parece un patajo verde?)

He tenido la desgracia de ver Hulk, y después de anteriores decepciones, como Jóvenes Ocultos 2: vampiros surferos o Outlander... he llegado al Desencanto. Lo de Edward Norton en Hulk es tremendo. Ese actor no vale para hacer películas de superhéroes. Es como poner a Robert de Niro a hacer comedietas de mafiosos (ay!). Parece el protagonista de American History X pasado de anabolizantes. Cuando tratan de meter escenas simpáticas los guionistas y el esforzado Edward rozan el patetismo más penoso (cuando va en bicicleta en plan pizza-chachi): parece un actor tirillas del método, especialista en Hamlet, tratando de interpretar una escena completamente intrascendente. Estas pelis hay que dejárselas a gente hecha al efecto: fijémonos en lo bien que queda Megan Fox en Transformers. (Ahora dejen de pensar en eso, por favor...).

(Se me ha olvidado mi línea... osea)

Lo de Transformers, por cierto, creo que es sintomático. Los tipos que piensan las pelis deben tener más de dos años de edad, pero sin embargo no llegan a más en los guiones. Pero es que encima está la dirección lamentable de tipejos como M. Bay. Hasta el mismo Spielberg parece caer en semejante mediocridad. Desde la escena incial de Indiana Jones IV (me refiero a la del topo, perro de las praderas o ratón gigante, lo que sea ese bicho), hasta la final, todo parece torpe, o artificial, o vergonzoso (lo de las lianas del dicho la Bufa o como se llame). Y detrás vienen G.I. Joe y a saber qué más (ay, ay, ay). ¿Dónde están las cosas buenas?

Por suerte aún hay algunos indicios para la esperanza. Uno es Neill Blomkamp, que pronto estrenará District 9, o la película G. Tartakovsky que prepara una continuación de Cristal Oscuro (su serie de animación de Star Wars, que cuenta una historia en 3 minutos, al menos es un ejemplo de talento. La serie digital que hicieron a continuación, sin él, creo, simplemente es deleznable). Una continuación al fin y al cabo... como la dichosa Star Trek... Veremos Coraline.



Pero tienen un cierto tufo de marginalidad (salvo J.J. Abrams, al que por cierto parece que se le acaba el crédito del creatividad, o no le dejan -¡qué novedad hay en Star Trek, por mucho que guste!). El mainstream pasa por la adaptación de cómics de Marvel o de muñecos comercializados (¿para cuándo una peli de las muñecas de Famosa?).

Tal vez cosas como The Hunt of Gollum encubren el único futuro posible para el buen hacer. Ahora me dispongo a ver 10.000, a ver qué tal...

Comentarios

  1. Gracias a Dios que encontré una mente compañera en cuanto al perdedor de M. Bay. Creí que todo el mundo amaba esa cámara giratoria, las explosiones nucleares y los giros de guión que solo un disminuido mental podría aprobar en la productora.

    Por cierto, si lo que vas a ver es 10000 A.C.... bueno, solo decirte que tendrás que abrir un nuevo blog solo para dejar salir la frustración después de ver ese final.

    Dogui

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  2. Se me olvidó añadir al infame Roland Emmerich como otra penosa figura del cine americano...

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  3. Alas, Perenzal! El poso del pasado es en realidad el aceite de nuestras acuosas vidas: flota. Por eso volvemos a él una y otra vez.

    Lo que nos marcó un día lo hará para siempre. Y somos cine comercial, del bueno, del malo y del peor: ése que sólo se disfruta cuando se acompaña de comentarios jocosos en el patio de butacas. Sí, hablo de El Primer Caballero.

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