OJO: Este artículo contiene spoilers de la tercera temporada de LOST, así como un lenguaje soez y en ocasiones ofensivo. Léalo bajo su entera responsabilidad.
Normalmente la actitud respecto a las series de televisión es que continúen indefinidamente, hasta que la propia serie resulte tan repetitiva para los espectadores y lleguen a aborrecerla, de modo que dejen de verla al fin. Umberto Eco, en Apocalípticos e Integrados, inició una nueva tendencia que consistía en analizar cualquier texto desde las categorías lingüísticas de la pseudonaciente Semiótica, una ciencia con pretensiones de universalidad que ahora parece tener menos audiencia que entonces. Eco se ha convertido en un clásico, en un gurú que no sólo llevó a la Semiótica a la condición de Ciencia de los Signos, sino que también inició (diría que para su disgusto) una nueva tendencia literaria que se ha convertido en la más vendida. Me refiero a los Best-Sellers relacionados con la intriga o el thriller histórico-hermético-mistérico-cabalístico, del estilo La última Cena (del que se prepara película) o el celebérrimo Código Da Vinci.
Él se centró en Superman, y su estudio permitió hacernos comprender por qué los personajes de los tebeos de superhéroes no pueden evolucionar dentro de las historias. Se trata de una exigencia, de una regla de la narración que se escoge, y todo obedece a unas férreas normas que hacen que el producto adquiera una identidad propia y reconocible. Como la marca de Nike, la “S” de Superman alude a una estructura de signos que se puede revelar mediante un estudio atento. Lo kitch se extendió, con la nueva carta de ciudadanía, más allá de lo literario o artístico, hasta la menospreciada cultura popular (esa que convirtió al Quijote en una especie de Best-Seller, por cierto).
Desde entonces demasiado ha llovido, y en una sociedad cínica como en la que vivimos, donde las etiquetas se absorben y disuelven en un espacio global e indiferenciado (en este paraíso newtoniano de inercia, monotonía y neutralidad), lo kitch se ha convertido en causa de reivindicación, y lo elevado en motivo de repulsión. La inversión de los valores se ha producido, para que todo pueda seguir igual e indiferente, en este paseo a ningún sitio en el que nos encontramos.
En éstas apareció LOST, una serie entre otras, con varias peculiaridades, que auguran una nueva época en el consumo, quizá, porque quién puede saber. LOST se mueve entre la indefinición más absoluta, buscando crear lo que pocas series, cómics o libros intentan hacer: lo que algunos han llamado la “mitología” de la serie. Este concepto encubre en realidad el más tradicional de “trasfondo”, y es en este punto donde ofrece un mayor interés que tal vez ninguna otra. Lo que sucede parece obedecer a un orden preexistente, determinado e indefectible, de modo que tanto los personajes como nosotros, los espectadores, nos movemos en una misma constante de necesidades que nos hacen avanzar a lo largo de cada episodio. Encerrados en un nuevo espacio einsteniano, finito pero ilimitado, abrimos la mirada a una Isla donde todo es posible.
Cuando comenzaron a aparecer páginas y foros tratando de descifrar los signos que se nos iban dando, en realidad se obedecía a la misma necesidad de resolver el nudo gordiano en el que nos encontrábamos. La continuidad entre ellos, los personajes, y nosotros, sus meros espectadores, se hace patente en los miles de devotos que ofrecía sagaces interpretaciones de los cruces casuales que se iban produciendo una y otra vez. ¿Qué posible interpretación puede tener, entonces, el decurso de una trama tan bien urdida, desde un principio al parecer? El enigma de la solución puede encubrir un gran problema en realidad: la banalidad de la respuesta. Como la vida misma, lo que merece atención es el transcurso entre los límites, que, por lo demás, son tan cierto e inamovibles que no merecen mucha atención, como decía Epicuro.
Incluso esto ha sido bien entedido por unos guionistas, que al final de la tercera temporada, en el mejor final que he visto nunca, diría, han decidido mostrarnos el ansiado final de la historia. Por lo tanto este esquema tan simple se hace trizas, porque lo esencial de la serie es la ruptura temporal en forma de flashbacks, que ahora adquiere una tercera dimensión, en el futuro. De este modo se consigue romper con el modelo, y la serie se convierte en la perfecta banda de Moëbius que sus creadores ¿siempre? quisieron que fuese. Con ello consiguen que el final se convierta en un elemento de máximo interés, porque con su verosimilitud de la mediocridad (un médico borracho y completamente acabado que ha dejado de ser el héroe que pudo ser en algún momento), nos plantea nuevas preguntas, de modo que lo esperado se torna sorprendente en la medida en que nos devuelve hacia atrás, hacia el espacio vacío que deseamos llenar progresivamente. La resolución no es lo relevante, sino sólo otro elemento en el diseño global del producto (porque LOST al final es eso, un producto televisivo, como El Quijote lo era literario o El Padrino cinematográfico).
Por lo tanto, con este movimiento se consigue que la rígida estructura sufra una transformación, de modo que los propios seguidores, en lugar de desear una prolongación virtualmente infinita de su programa, pidan a voz en grito un punto y final a la serie. Cuándo se ha visto que los espectadores, en lugar de pedir la continuidad, ansíen que termine de una vez por todas aquello que desean ver. Del mismo modo que un libro, LOST ha superado las barreras de la televisión, para convertirse en otra cosa. Y esto no habría sido posible sin la tecnología. Los foros, blogs, y páginas paralelos a la propia serie nutren de profundidad los fragmentos de realidad que cada capítulo emite. La imagen adquiere nuevos sentidos, como una arquitectura perfecta que exige ir más allá de la pasividad del mero espectador. Cuando se dice que éste forma parte de la obra, no se alude a una mera expresión vacía. Pese a que no puede decidir sobre el destino de las personas, de los personajes (y quién puede), sus intervenciones son cruciales para la subsistencia del programa, porque en ella se justifica éste. No es casualidad que las descargas de Internet sean masivas en el caso de LOST. Éste ha sido el modo como la serie se ha hecho popular en nuestro territorio, hasta el punto de que los traductores amateurs han detectado errores y deficiencias en los doblajes y traducciones oficiales de la misma, incluso antes de que éstas sean publicadas. En realidad, se ha producido una democratización de los canales de distribución y consumo, de interpretación y producción de sentido, desde el tejido global de internautas que velan por la buena muerte, -la eutanasia-, de, en cierto modo, su serie.
En contra de lo que se dice sobre la piratería actual, esto demuestra cómo se están generando nuevas pautas de consumo, más próximas a los espectadores, que cada vez consumen menos tiempo delante del televisor, para surfear por la web en busca de experiencias más dinámicas y totales, frente a la parcialidad y limitación de lo que la TV ofrece. Los seguidores son conscientes de cuál es la base del producto, por eso la venta de la serie en DVD no es un fracaso, pese a que muchos de los que la compran ya saben a qué se van a enfrentar. Lo concluido no es motivo de rechazo, sino el precio que se paga por el verdadero disfrute, que se produce por vías alternativas a las que transitan la mayoría de los programas.
Por eso tampoco es casualidad que la huelga de guionistas se produzca en estas circunstancias, en las que algunos saber qué en los nuevos formatos se juegan su futuro, como si hubiesen vivido un auténtico flashforward virtual. Carlton Cuse ha sido uno de los huelguistas, y parece comprender perfectamente que sus esperanzas pasan por participar en el nuevo género de consumo ¿posmoderno? que está naciendo.
Sólo recuerdo una serie con una estructura semejante, con una adhesión tan incondicional, y una estructura similar, si cabe más sinuosa y enrevesada que la de LOST: me refiero a SANDMAN, por supuesto, la gran obra de Neil Gaiman, un autor del que según se ve, puede que sea sólo de una obra, como tantos otros que son recordados solo por el libro, el cuadro o la canción que realizaron, para después perderse en el océano de la mediocridad creativa (¿qué han hecho con Stardust –acaso Gaiman no comprendió que la grandeza de esa obra estaba en la extraordinaria calidad de Charles Vess–, y qué es eso de Beowulf?) Gaiman ahora es un guionista sin dibujante, fuera de su medio, del mismo modo que en sus libros no logra más que la vulgaridad de un Stephen King.
Éste es el autor preferido de la insoportable Juliet, precisamente, y que aparece en el primero y en alguno más, de los episodios de la tercera temporada. No debería extrañarnos que algún día los personajes hablen de sí mismos como otros (cuando se insinúa que están muertos, o en el infierno, o que son el producto del sueño de Walt, en una referecia inconsciente de Naveen Andrews a los sueños de los robots de Phillip K. Dick). Las referencias literarias se entremezclan en la trama, y se extienden a la realidad, en un efecto boomerang inusitado (como sucedió con El Tercer Policía, que vendió 10.000 unidades en EE.UU. después de que los guionistas dijeran que era esencial para comprender la serie –y que por cierto, aquí en España se vende con un texto adherido a la portada en el que se citaban las palabras de los autores de LOST). Lindelof, a su vez, ha emergido del mundo de los cómics, otro espacio tradicionalmente menospreciado, de donde hoy se nutre la industria americana, ante la falta de ideas. La conciencia de esta crisis es la que alienta a los guionistas a abandonar sus medios para probar otros nuevos, como el mismo Lindelof, o el mismísimo Gaiman.
LOST es una meta-reflexión, en un espacio donde el sentido directo y el primer plano se perciben ya como insuficientes. Aquello que Foucault llamaba el pliegue, y que se ha producido gracias a la irrupción e interiorización de esos discursos semiólógicos en los que Eco se ha vuelto cómplice, a su pesar. Es un tópico decir que en las ciencias sociales no son exactas porque el sujeto forma parte del objeto estudiado. Del mismo modo, estos objetos han adoptado la lógica del sujeto para ir más allá de sus códigos, y abrir campos nuevos de experimentación artística. Debemos reflexionar si acaso LOST no es una representación de nuestra época, del mismo modo que La Celestina, o El Quijote lo fueron de las suyas: un mundo en el que todos estamos atrapados, pero en el que a la vez somos libres, un mundo en el que los espejos en lugar de ofrecernos nuestra imagen, nos ofrecen el infinito espacio digital de las pantallas de ordenador, donde nada es fijo, pese a que nada cambia, en el que todo parece tener sentido durante un instante, que no obstante no dura lo suficiente como para recordarlo (como esa canción de Los Piratas). Un mundo de islas abiertas y náufragos que conviven sin saber a ciencia cierta qué les acecha ahí fuera, -¡ni más ni menos que ellos mismos!, gente que vive en sus viviendas unifamiliares y participa en clubs de lectura. Ése es el mundo de LOST, el nuestro, porque, reconozcámoslo, ¿quién no está perdido, salvo Locke?
Escrito por Perenzal.
Normalmente la actitud respecto a las series de televisión es que continúen indefinidamente, hasta que la propia serie resulte tan repetitiva para los espectadores y lleguen a aborrecerla, de modo que dejen de verla al fin. Umberto Eco, en Apocalípticos e Integrados, inició una nueva tendencia que consistía en analizar cualquier texto desde las categorías lingüísticas de la pseudonaciente Semiótica, una ciencia con pretensiones de universalidad que ahora parece tener menos audiencia que entonces. Eco se ha convertido en un clásico, en un gurú que no sólo llevó a la Semiótica a la condición de Ciencia de los Signos, sino que también inició (diría que para su disgusto) una nueva tendencia literaria que se ha convertido en la más vendida. Me refiero a los Best-Sellers relacionados con la intriga o el thriller histórico-hermético-mistérico-cabalístico, del estilo La última Cena (del que se prepara película) o el celebérrimo Código Da Vinci.
Él se centró en Superman, y su estudio permitió hacernos comprender por qué los personajes de los tebeos de superhéroes no pueden evolucionar dentro de las historias. Se trata de una exigencia, de una regla de la narración que se escoge, y todo obedece a unas férreas normas que hacen que el producto adquiera una identidad propia y reconocible. Como la marca de Nike, la “S” de Superman alude a una estructura de signos que se puede revelar mediante un estudio atento. Lo kitch se extendió, con la nueva carta de ciudadanía, más allá de lo literario o artístico, hasta la menospreciada cultura popular (esa que convirtió al Quijote en una especie de Best-Seller, por cierto).
Desde entonces demasiado ha llovido, y en una sociedad cínica como en la que vivimos, donde las etiquetas se absorben y disuelven en un espacio global e indiferenciado (en este paraíso newtoniano de inercia, monotonía y neutralidad), lo kitch se ha convertido en causa de reivindicación, y lo elevado en motivo de repulsión. La inversión de los valores se ha producido, para que todo pueda seguir igual e indiferente, en este paseo a ningún sitio en el que nos encontramos.
En éstas apareció LOST, una serie entre otras, con varias peculiaridades, que auguran una nueva época en el consumo, quizá, porque quién puede saber. LOST se mueve entre la indefinición más absoluta, buscando crear lo que pocas series, cómics o libros intentan hacer: lo que algunos han llamado la “mitología” de la serie. Este concepto encubre en realidad el más tradicional de “trasfondo”, y es en este punto donde ofrece un mayor interés que tal vez ninguna otra. Lo que sucede parece obedecer a un orden preexistente, determinado e indefectible, de modo que tanto los personajes como nosotros, los espectadores, nos movemos en una misma constante de necesidades que nos hacen avanzar a lo largo de cada episodio. Encerrados en un nuevo espacio einsteniano, finito pero ilimitado, abrimos la mirada a una Isla donde todo es posible.
Cuando comenzaron a aparecer páginas y foros tratando de descifrar los signos que se nos iban dando, en realidad se obedecía a la misma necesidad de resolver el nudo gordiano en el que nos encontrábamos. La continuidad entre ellos, los personajes, y nosotros, sus meros espectadores, se hace patente en los miles de devotos que ofrecía sagaces interpretaciones de los cruces casuales que se iban produciendo una y otra vez. ¿Qué posible interpretación puede tener, entonces, el decurso de una trama tan bien urdida, desde un principio al parecer? El enigma de la solución puede encubrir un gran problema en realidad: la banalidad de la respuesta. Como la vida misma, lo que merece atención es el transcurso entre los límites, que, por lo demás, son tan cierto e inamovibles que no merecen mucha atención, como decía Epicuro.
Incluso esto ha sido bien entedido por unos guionistas, que al final de la tercera temporada, en el mejor final que he visto nunca, diría, han decidido mostrarnos el ansiado final de la historia. Por lo tanto este esquema tan simple se hace trizas, porque lo esencial de la serie es la ruptura temporal en forma de flashbacks, que ahora adquiere una tercera dimensión, en el futuro. De este modo se consigue romper con el modelo, y la serie se convierte en la perfecta banda de Moëbius que sus creadores ¿siempre? quisieron que fuese. Con ello consiguen que el final se convierta en un elemento de máximo interés, porque con su verosimilitud de la mediocridad (un médico borracho y completamente acabado que ha dejado de ser el héroe que pudo ser en algún momento), nos plantea nuevas preguntas, de modo que lo esperado se torna sorprendente en la medida en que nos devuelve hacia atrás, hacia el espacio vacío que deseamos llenar progresivamente. La resolución no es lo relevante, sino sólo otro elemento en el diseño global del producto (porque LOST al final es eso, un producto televisivo, como El Quijote lo era literario o El Padrino cinematográfico).
Por lo tanto, con este movimiento se consigue que la rígida estructura sufra una transformación, de modo que los propios seguidores, en lugar de desear una prolongación virtualmente infinita de su programa, pidan a voz en grito un punto y final a la serie. Cuándo se ha visto que los espectadores, en lugar de pedir la continuidad, ansíen que termine de una vez por todas aquello que desean ver. Del mismo modo que un libro, LOST ha superado las barreras de la televisión, para convertirse en otra cosa. Y esto no habría sido posible sin la tecnología. Los foros, blogs, y páginas paralelos a la propia serie nutren de profundidad los fragmentos de realidad que cada capítulo emite. La imagen adquiere nuevos sentidos, como una arquitectura perfecta que exige ir más allá de la pasividad del mero espectador. Cuando se dice que éste forma parte de la obra, no se alude a una mera expresión vacía. Pese a que no puede decidir sobre el destino de las personas, de los personajes (y quién puede), sus intervenciones son cruciales para la subsistencia del programa, porque en ella se justifica éste. No es casualidad que las descargas de Internet sean masivas en el caso de LOST. Éste ha sido el modo como la serie se ha hecho popular en nuestro territorio, hasta el punto de que los traductores amateurs han detectado errores y deficiencias en los doblajes y traducciones oficiales de la misma, incluso antes de que éstas sean publicadas. En realidad, se ha producido una democratización de los canales de distribución y consumo, de interpretación y producción de sentido, desde el tejido global de internautas que velan por la buena muerte, -la eutanasia-, de, en cierto modo, su serie.
En contra de lo que se dice sobre la piratería actual, esto demuestra cómo se están generando nuevas pautas de consumo, más próximas a los espectadores, que cada vez consumen menos tiempo delante del televisor, para surfear por la web en busca de experiencias más dinámicas y totales, frente a la parcialidad y limitación de lo que la TV ofrece. Los seguidores son conscientes de cuál es la base del producto, por eso la venta de la serie en DVD no es un fracaso, pese a que muchos de los que la compran ya saben a qué se van a enfrentar. Lo concluido no es motivo de rechazo, sino el precio que se paga por el verdadero disfrute, que se produce por vías alternativas a las que transitan la mayoría de los programas.
Por eso tampoco es casualidad que la huelga de guionistas se produzca en estas circunstancias, en las que algunos saber qué en los nuevos formatos se juegan su futuro, como si hubiesen vivido un auténtico flashforward virtual. Carlton Cuse ha sido uno de los huelguistas, y parece comprender perfectamente que sus esperanzas pasan por participar en el nuevo género de consumo ¿posmoderno? que está naciendo.
Sólo recuerdo una serie con una estructura semejante, con una adhesión tan incondicional, y una estructura similar, si cabe más sinuosa y enrevesada que la de LOST: me refiero a SANDMAN, por supuesto, la gran obra de Neil Gaiman, un autor del que según se ve, puede que sea sólo de una obra, como tantos otros que son recordados solo por el libro, el cuadro o la canción que realizaron, para después perderse en el océano de la mediocridad creativa (¿qué han hecho con Stardust –acaso Gaiman no comprendió que la grandeza de esa obra estaba en la extraordinaria calidad de Charles Vess–, y qué es eso de Beowulf?) Gaiman ahora es un guionista sin dibujante, fuera de su medio, del mismo modo que en sus libros no logra más que la vulgaridad de un Stephen King.
Éste es el autor preferido de la insoportable Juliet, precisamente, y que aparece en el primero y en alguno más, de los episodios de la tercera temporada. No debería extrañarnos que algún día los personajes hablen de sí mismos como otros (cuando se insinúa que están muertos, o en el infierno, o que son el producto del sueño de Walt, en una referecia inconsciente de Naveen Andrews a los sueños de los robots de Phillip K. Dick). Las referencias literarias se entremezclan en la trama, y se extienden a la realidad, en un efecto boomerang inusitado (como sucedió con El Tercer Policía, que vendió 10.000 unidades en EE.UU. después de que los guionistas dijeran que era esencial para comprender la serie –y que por cierto, aquí en España se vende con un texto adherido a la portada en el que se citaban las palabras de los autores de LOST). Lindelof, a su vez, ha emergido del mundo de los cómics, otro espacio tradicionalmente menospreciado, de donde hoy se nutre la industria americana, ante la falta de ideas. La conciencia de esta crisis es la que alienta a los guionistas a abandonar sus medios para probar otros nuevos, como el mismo Lindelof, o el mismísimo Gaiman.
LOST es una meta-reflexión, en un espacio donde el sentido directo y el primer plano se perciben ya como insuficientes. Aquello que Foucault llamaba el pliegue, y que se ha producido gracias a la irrupción e interiorización de esos discursos semiólógicos en los que Eco se ha vuelto cómplice, a su pesar. Es un tópico decir que en las ciencias sociales no son exactas porque el sujeto forma parte del objeto estudiado. Del mismo modo, estos objetos han adoptado la lógica del sujeto para ir más allá de sus códigos, y abrir campos nuevos de experimentación artística. Debemos reflexionar si acaso LOST no es una representación de nuestra época, del mismo modo que La Celestina, o El Quijote lo fueron de las suyas: un mundo en el que todos estamos atrapados, pero en el que a la vez somos libres, un mundo en el que los espejos en lugar de ofrecernos nuestra imagen, nos ofrecen el infinito espacio digital de las pantallas de ordenador, donde nada es fijo, pese a que nada cambia, en el que todo parece tener sentido durante un instante, que no obstante no dura lo suficiente como para recordarlo (como esa canción de Los Piratas). Un mundo de islas abiertas y náufragos que conviven sin saber a ciencia cierta qué les acecha ahí fuera, -¡ni más ni menos que ellos mismos!, gente que vive en sus viviendas unifamiliares y participa en clubs de lectura. Ése es el mundo de LOST, el nuestro, porque, reconozcámoslo, ¿quién no está perdido, salvo Locke?
Escrito por Perenzal.
¿Profesor de filosofía, decía? Jejeje.
ResponderEliminarApasionante disección del universo de Abrams, sr Perenzal. Soy de la opinión, como usted, que apunta a pensar en que Perdidos (disculpe mi osadía cervantina, pero para mi Shepard no es nadie sin Lorenzo Beteta ni Locke, oh Locke, sin Luis Mas...) necesita morir. No le pongo fecha, porque no quiero jugar a ser Dios (ni a ser Rupert Murdoch, que acaso sea lo mismo), pero algo lucha en mi interior, como en el de tantos otros, por gritar al viento que la mejor serie de ficción que vi jamás muera.
El resto de su argumentación, tan rica en referencias como sólo usted podría hacer, es sin duda una invitación a la reflexión sobre una realidad ficticia que ya forma parte de nosotros mismos, que arroja nuevas luces al fenómeno televisivo/audiovisual del momento. Y digo tal cosa, porque todos no estrellamos con ese vuelo 815 de Oceanic, antes incluso de que embarcaran sus pasajeros.
Por lo demás, mis sinceras felicitaciones por su artículo. ¡Ah! Quizás quiera avisar, por medio de una referencia escueta a continuación del título, de la inclusión del Spoiler del final del tercer acto como simple aviso para casuales navegantes...
Digo quizás. Que nunca se sabe...
Boas noites.
Gracias por el comentario Wildwood. Respecto a la fecha, no es Rupert Murdoch quien juega ese papel exactamente. Buceando un poco en la web puedes descubrir que el actual mandamás de Disney es Robert Iger. El anterior, Michael Eisner (no confundir con Will Eisner el dibujante), lo dejó hace dos años en medio de las polémicas aún presentes con dos de sus grandes vacas sagradas: Miramax y Pixar (os suenan?), además de una crisis debido al abuso que de los trabajadores hacía una empresa que trabajaba para Disney.
ResponderEliminarABC es un canal dependiente de Disney, y las negociaciones del año pasado llevaron a los creadores de la serie a fijar la fecha de finalización en el 2010, con 48 episodios más distribuidos en tres temporadas de 16 episodios. Se trata de un acuerdo histórico, que yo sepa nunca los creadores de una serie habían luchado por acabarla lo antes posible. Estos luchaban por dos temporadas de 24, pero esto no convenía a la compañía, que desea ampliar la "caducidad" del producto por motivos evidentes. La decisión fue salomónica, por lo tanto.
Hay que decir que debido a la huelga de los guionistas, que hoy 26 de noviembre reanundan negociaciones con las empresas, estas fechas pueden alterarse, porque solo hay 8 episodios de la cuarta temporada grabados, y si la huelga se extiende dejará la temporada a medias, algo poco recomendable después del fracaso del último parón.
Por lo demás, uno de los protagonistas de la primera temporada es un niño que se llama Walt, casualidad?
P.D. Gran referencia al doblador. Pero convendrás conmigo en que el doblaje de Noemi es de lo peor que se ha podido hacer en la historia del doblaje en España, donde somos capaces de algo mucho mejor. El acento presuntamente inglés no tiene ningún sentido, puesto que ni Charlie ni Desmond tienen uno tan grotesco. Tal vez tú puedas explicar por qué se ha cometido semejante error.
Un saludo.
Hola de nuevo Perenzal. Interesante apunte sobre las voces de mando que mueven los hilos de La Isla. Cierto, es Buenavista quien se esconde tras de Perdidos, y por tanto no el señor Murdoch quien goza del privilegio de mandarlo todo a tomar por culo. Las movidas Disney, creaslo o no,, llegan en forma de ecos hasta las nobles tierras castellanas. Abaira, estudio que detenta los derechos sobre los doblajes de todos los productos Disney en España (incluido LOST), lucho a estas horas por prolongar un contrato que por ineteresas politizados amenaza con volar lejos de sus micrófonos en el año que entra. Pero esa es otra historia.
ResponderEliminarEn cuanto al tema del doblaje, servidor quedó igualmente perplejo ante semejante atrocidad que no se justifica bajo ningún concepto habida cuenta de la falta de acento que, como dices, muestran tanto Charlie como Desmond. Sólo la lamentable decisión de una directora poco valorada en el medio puede explicar tal extremo. El genial doblaje de la serie, pese a ella, es un hecho constatable, no obstante.
Por lo demás, fenomenal el aviso para navegantes por el spoiler, y el lenguaje soez y tal. Supongo que te refieres a cosas como "nudo gordiano". Jejeje
Bona nit.