
Quien haya crecido en las mazmorras de su casa, escondido de la ponzoñosa luz del sol, y haya alguna vez buscado refugio en los videos beta y las pelis de antaño, puede que se haya encontrado alguna vez con el profesor Bacterio transformado en una yanki de pelo raro, sonrisa implacable y nariz setentera. Era Carl Sagan, y gracias a él comencé a aficionarme a esa extraña cosa llamada ciencia, en la época del cheminova, la Bola de Cristal, los palotes y la piscina del campo.
Cosmos era una serie sobre el alcance del conocimiento, hecha con unos efectos especiales que harían partirse al Yoda digital de la primera trilogía de Star War, la que se rodó después, la anterior a la original... la mala ché!! A pesar de eso tenía un maravilloso encanto ver y escuchar a un tío hablar de estrellas, de marte, de Kepler, del ADN y de todas esas cosas con la emoción que le ponía. El diseño de cada episodio me parece en ocasiones insuperable, y a veces, como profesor, pienso que debería ponerlos en clase por orden, de uno en uno, y dejar de decir las memeces que digo habitualmente (pero me sentiría como la señorita Carapapel de Los Simson, que anda con el cigarro y el proyector... Dios!!).

Ahí tenéis a un tío que ha diseñado una nave espacial de verdad para ir a Marte, y que ha sabido transmitir mejor que nadie su pasión por el conocimiento, más allá de las supersticiones y del sentido común tan ignorante y retrógrado, en el que se instala la mayoría, esperando que otros resuelvan sus problemas para ofrecerles la vida más confortable. Elegir el riesgo de preguntar, la excitación del viaje, la increíble maravilla del universo, que nos hace constantemente maravillarnos de sus leyes (¿por qué demonios tiene el cosmos leyes?) y recordarnos aquella pregunta leibniziana: ¿por qué el ser y no más bien la nada?
Cuando estábamos empezando el instituto, o quizá un poco antes, no me acuerdo bien, me rompía la cabeza pensando por qué la tercera ley de Newton era así y no de otro modo... Por qué las leyes eran así y no establecía otras proporciones. Creo que en definitiva eso me llevó a estudiar filosofía... eso y el telescopio rojo que me regalaron. Un verano me compré la serie de Cosmos entera salvo el capítulo 4. Y no dejé de verla, de apasionarme, hasta querer ser astronauta y todo lo demás... Los sueños son así, y vienen de cualquier parte, no existe nada mejor que descubrir el mundo, éso es lo que Sagan trató siempre de decir... vale la pena sentir pasión por el mundo.
Perenzal, chiquet, sorrango... Me gusta tu blog, amigo. Quería empezar así. Cuenta con mis visitas, chico. Las aldeas debemos tendernos la mano.
ResponderEliminarEn cuanto al amigo Sagan... ¿Qué decir de un tipo que hurdió la trama de Contact? Pues que pese a críticas nacidas desde la ignorancia, somos afortunados por contar con individuos como él, visionarios enamorados del vacío cósmico, tan lleno de todo, por otro lado.
Yo nunca tuve un telescopio, pero me tiraba de espaldas en el suelo de la terraza y miraba al cielo creyéndome observado por cada uno de aquellos puntos blancos que lo salpicaban todo allí arriba.
Y luego me comía un Palote -eso sí.
Gracias Wildwood, eres el primer visitante conocido, lo cual me honra doblemente. Aguardo expectante tus últimas aventuras por la Capital del Reino. Después del gran documento sobre el metro escondido no has dicho nada. La Villa y Corte necesita ser explorada. Cómo la echo de menos!!, por favor!!
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