No existe mayor disparate que desear la belleza para sí mismo. La fealdad, esa virtud que tanto ha dado al mundo, constituye un bien mayor del cual nada puede pensarse. En una época en la que ser único y diferente está de moda, la fealdad se presenta como aquella cualidad definitoria y distintiva que nos aleja de la vulgaridad de la hermosura, tan igual e insípida que nunca colmaría un alma inquieta. La fealdad es profunda porque es verdadera e inamovible, es una nariz klingon, unos ojos estrábicos, unas piernas demasiado cortas, o demasiado largas, unas orejas élficas (que en la tele quedan resultonas pero se sufren cada cumpleaños), una boca mohína, una barbilla monesca, una piel de lobisome o una cabeza caracono. Para nosotros, esa inmensa mayoría que vive en abnegado silencio su existencia, fuera de los circuitos de la televisión y, por qué no decirlo, fuera también y casi de la vista ajena, no existe una figura más representativa que el Slot de los Goonies para representarnos. Él ...