Si has leído Neverwhere, sabes que de algún modo Londres yace escondida a los ojos de la mayoría de la gente. Una vez me la encontré paseando por Hampstead, en un colegio con los muros tan altos que apenas si se podía adivinar algo en su interior. En las esquinas, unas extrañas figuras flanqueaban lo poco que se podía vislumbrar de los edificios. No se escuchaba absolutamente nada, en un colegio, a media tarde, un día cualquiera. Ese mismo día entré en un camino entre dos tapias, estaba cubierto de hierbas y matorrales, más propio de un bosque que de un pasaje en una gran ciudad. Entonces pensé que había entrado en otra realidad, como aquél día en que, sentado en el jardín de alguna de esas iglesias para herejes que tanto abundan en esa ciudad, una ardilla se acercó a mi para compartir el sandwich que estaba tomando. Sin complejos ni temores mirándome fijamente a la espera del trozo que parecía corresponderle, porque ella era de allí, yo venía de fuera, y ese era su maldito territorio...